Monográfico: “Sonatas para violín y piano”

Beethoven, L. v. (1770-1827)
L. v. Beethoven
(1770-1827)

Beethoven escribe sus 10 sonatas para piano y violín (o violín y piano, es tal el equilibrio de protagonismo entre los dos elementos del dúo que tanto da en qué orden se enuncien) entre 1796 y 1812. Una etapa bastante larga como para ver una importante evolución estilística, en paralelo a otros géneros que trabaja durante largos periodos de tiempo como las 9 sinfonías, los 16 cuartetos de cuerda o las 32 sonatas para piano solo. Desde las tres primeras, dedicadas a Antonio Salieri, hasta la núm. 10, no solo han pasado 15 años, sino que se ha producido toda una transformación vital. De entre todas ellas destacaremos esta última, una de las obras con el apodo más absurdo de la historia (“El canto del gallo”, afortunadamente poco empleado) y otras dos con títulos bastante más acertados, aunque no siempre puestos por el autor. De hecho, la única que tituló con una dedicatoria, tiene una historia tan extraña como inverosímil: la núm. 9, conocida como “Sonata a Kreutzer”, lleva el nombre de un intérprete que no la quiso ni tocar. Quizás porque una música de la que apenas se esperaba nada más que estar muy bien escrita, de repente empezó a remover pasiones internas que no dejaban indiferente a nadie. Incluso el escritor León Tolstoi le dedicó una novela… Sea como sea, estamos ante una obra increíble en todos los aspectos, más allá de las incontables anécdotas que la rodean. Y en medio de toda la serie, la joya de belleza más pura escrita en un momento de máxima desolación: la Sonata núm. 5; esta sí, indisociable del apodo “Primavera” que Beethoven tampoco le puso.

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