Si contemplásemos todo el conjunto de la obra camerística de Brahms como si fuera una sola composición musical, el último movimiento no seria precisamente un final impetuoso y vehemente, sino un cálido e inspirado adiós de pasión ya en calma. Repleto de difusa luz otoñal, su Quinteto para clarinete es una buena muestra de la sabiduría de quien, asumiendo que hay anhelos inalcanzables, ha encontrado finalmente la paz y lo expresa con sencillez en la voz de un instrumento conmovedor.
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