Quizás hoy no nos llama especialmente la atención, pero si ponemos en el contexto de su tiempo tan sólo la originalidad del acorde inicial de la obra, ya podemos intuir al revolucionario compositor en que su autor se convertirá. Estrenada justo en 1800, Beethoven dedicó su Primera sinfonía al barón Gottfried van Swieten, antiguo embajador de Austria en Londres y propiciador de la llegada de los oratorios de Handel a Viena de la mano de Haydn y Mozart, de quien también fue uno de los últimos amigos y protectores. Como una antorcha simbólica, nos ilumina el puente que va de la elegancia y equilibrio del estilo clásico, a la pasión y expresividad románticas.
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