El 22 de noviembre de 1928 se estrenaba en la Ópera de París una obra que iba hacer historia; y el primer sorprendido de su éxito fue el propio autor, el cual vaticinó equivocadamente que su Bolero jamás sería programado en las temporadas de conciertos. Por su concepción esencialmente moderna y su original trabajo de la forma, a base de un angustioso crescendo sobre una doble idea fija con una única variante al final, esta obra frívola y la vez intensamente pasional no no sólo se ha instalado sólidamente en las programaciones sinfónicas y en la memoria colectiva, sino que tanto el cine como la publicidad han exprimido de ella todo su jugo.
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