De manera similar a lo que sucedió con su popular Concierto para piano núm. 1, el primer violinista a quien Tchaikovsky ofreció el estreno de la obra, la rechazó argumentando que era imposible de interpretar. Y también, de la misma manera que pasó con la pieza pianística, aquel mismo solista más tarde se convenció de su valor y fue uno de sus principales defensores. Si a eso le sumamos la celeridad de la composición y las críticas no especialmente favorables que suscitó un poco ensayado estreno, parece que tenemos todos los ingredientes para que aquello que poseía todos los números para ser considerado un desastre violinístico acabara siendo una obra fundamental del repertorio romántico.
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