El canto gregoriano ejerce sobre el público moderno una extraña fascinación. Con textos y sonidos que resultan a la vez familiares y remotos, nos evoca una espiritualidad asociada a la soledad de los claustros románicos, a la magnificencia de las naves catedralicias y a la cotidianidad de los monasterios que aún lo practican. Pero sobretodo, podríamos decir que hace resonar una fibra mística que todos llevamos dentro. Su aparente simplicidad esconde una refinada sofisticación melódica que sólo se puede percibir y disfrutar desde una atención que debe reaprender a ser sutil.
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