Las hermosas páginas de esta deliciosa “mamá oca” nos muestran una de las facetas más entrañables de su autor: la recreación idealizada del mundo fantástico infantil. Original para piano a cuatro manos, consiste en una serie de miniaturas inspiradas en algunos cuentos de hadas bien conocidos, como Pulgarcito, y otros que hoy lo son menos, pero que mantienen su intensa magia de la mano de la impecable evocación raveliana. Si bien la compuso entre 1908 y 1910 para dos pequeños pianistas de 6 y 7 años, la obra fue profundamente revisada y orquestada para terminar convertida en ballet en 1812. A modo de programa podríamos decir que la primera pieza nos evoca el dulce letargo de la Bella Durmiente, cuyos sueños son los distintos movimientos que vienen a continuación.
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