Las cuatro últimas sinfonías, de las cuales parece que él sólo pudo escuchar la primera (es decir, la num. 38, “Praga”), encarnan, desde la culminación del Clasicismo, la consolidación de un género crucial en el posterior Romanticismo. En la última, conocida con el nombre de “Júpiter”, como si de un adiós consciente al género sinfónico se tratara, conviven los diferentes lenguajes que cultivó a lo largo de una vida tan breve como prodigiosa.
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