Un debate habitual en torno a un lenguaje tan abstracto como el de la música, es si más allá de su aspecto formal las notas pueden tener un significado extramusical. El hecho es que, desde una descripción tan evidente como una flauta imitando el canto de un pájaro hasta la cabalística más sofisticada, se nos abre un amplio abanico de posibilidades donde la existencia de un contenido externo al propio sonido puede ser más o menos claro según sea la voluntad del autor de hacerlo explícito. Y es justamente a medida que nos alejamos de la pura evocación descriptiva para adentrarnos en el campo de la simbología, cuando el desconocimiento de ciertos códigos nos puede hacer dudar. En el caso de Johann Sebastian Bach, las dimensiones estética y semiótica (la pura belleza del sonido y sus posibles significados) llega a tal extremo que fácilmente nos puede desbordar, sobre todo cuando entramos en la simbología numérica. Ya sea fascinados por el uso de fórmulas crípticas o extasiados con una música difícilmente superable, a menudo los acabamos tratando por separado, cuando a lo que nos invita es a contemplarlos y disfrutarlos simultáneamente.
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