¿Qué es el Grial? ¿Una piedra? ¿Un plato? ¿Una copa? ¿El cáliz de la Última Cena, que también recogió la sangre de Jesucristo en la Cruz? Si bien esta última opción es la que se ha impuesto en el imaginario colectivo desde la Edad Media, la cuestión incluye todas las anteriores y muchas más en forma de preguntas todavía (y quizás eternamente) abiertas. ¿A quién sirve? ¿Sigue custodiado por quiméricos caballeros en algún lugar desconocido de Europa, donde llegó desde Oriente Medio? ¿Es la metáfora del deseo legítimo de una merecida abundancia material y/o espiritual? ¿O quizás es sólo una pregunta (y hay tantas) sin respuesta, y que sin embargo hay que saber plantear? Empezando por la literatura, el arte ha abordado infinitas veces este símbolo, para llegar a menudo a la conclusión de que es justamente su búsqueda uno de los caminos hacia la autorrealización. Wagner no sólo lo trata en Lohengrin (1850) y Parsifal (1882), su última obra, sino que aflora como inquietud latente en otras creaciones.
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