De expresividad radiante vehiculada por una maestría compositiva del más alto vuelo, la Cuarta sinfonía de Beethoven marca el camino hacia la plena madurez del autor en el gran viaje que culminará en la Novena. Incomprensiblemente subestimada, al igual como lo son las dos primeras o incluso la Octava, quizás la bienintencionada descripción de Schumann, que la comparaba a «una esbelta doncella griega entre dos gigantes nórdicos» refiriéndose a la innovadora 3a., la «Heroica», y a la siempre impactante 5a. Hoy, cuando quizás –sólo quizás— nos empezamos a liberar de tantos tópicos como rodean a la música clásica, la podemos valorar y disfrutar con total plenitud y justicia.
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