Escrita entre la primavera y el verano de 1888, la penúltima sinfonía de Tchaikovsky comparte algunos rasgos con la siguiente, conocida con el título de “Patética”: ambas están vinculadas a la idea de un “destino” que se expresa sin palabras. Sin embargo, diferencia de la Sexta, la Quinta resuelve en un luminoso y vibrante triunfo final, y además –característica de innegable resonancia beethoveniana–, este “destino” queda reflejado en un tema que reaparece en cada movimiento. Pero más allá de las connotaciones externas, la obra nos interesa por cualidades estrictamente musicales como la forma siempre cambiante de tratar el tema recurrente, el elevado lirismo de algunos momentos contrastado con la fuerza rítmica de otros, o la riqueza de su instrumentación.
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