Rafael Esteve

Tannhäuser

Estrenada en 1845, esta “ópera romántica” de Wagner marca el inicio de un nuevo lenguaje que culminará en sus posteriores “dramas musicales”. Asimismo, y como en otras ocasiones, nos pone ante leyendas y personajes a caballo entre el mito y la historia. Este es el caso del poeta y músico Tannhäuser (1205-1270), el cual nos expresa el conflicto entre sensualidad y espiritualidad que marcó su vida errante. Más allá de este dilema, extrapolable también al Romanticismo y a todos los tiempos, Wagner nos evoca un contexto para nosotros bastante desconocido: el de los Minnesänger. Todo un universo literario y musical propio de la Alemania medieval, pero influido directamente por la lírica trovadoresca provenzal.

Finales luminosos

Con las alas que he ganado, alzaré el vuelo… Estas palabras de Mahler podrían resumir la esencia de una sesión dedicada a los finales luminosos que tan a menudo encontramos en el repertorio clásico, al menos hasta el siglo XIX. Y no nos referimos sólo a la tradición de terminar una obra con un allegro o presto trepidantes, o a los finales felices habituales en las óperas más antiguas… Lo que queremos mostrar es la culminación de todo un viaje emocional y espiritual que se resume en la cita latina per aspera ad astra («de lo áspero a las estrellas»). Ya sea en tempo rápido o lento, con o sin texto, o de forma explícita o implícita, muchas obras que mantienen una dialéctica de tensión entre diversas tonalidades, temas o texturas musicales, plantean una peregrinación hacia la plenitud que estalla en las últimas secciones. Como lo que más pedimos a la vida, lo que ha sido áspero y desolador abre la puerta a un canto de redención y esperanza.

Hildegard von Bingen, un viaje por la música y la mística medieval

Uno de los principales nombres que destacan entre los compositores medievales es el de una mujer. De hecho, es uno de los primeros que han pasado a la historia, con datos biográficos muy completos y casi toda su obra conservada. La extraordinaria Hildegard von Bingen (e incluso con este calificativo sabemos que nos quedamos cortos) aportó luz a los albores del primer milenio bajo diversas formas de pensamiento artístico, filosófico y científico –disciplinas entonces no radicalmente separadas como hoy. En una rotura del velo inaudito para quienes no hemos recibido el don de la conexión mística, sus «visiones» van mucho más allá de las imágenes para incluir la palabra y la música, en una serie de símbolos que trascienden del todo su tiempo y ámbito geográfico.

Monográfico: «El piano de Erik Satie»

Casi estricto contemporáneo del escritor Marcel Proust (1871-1922), el inclasificable Erik Satie (1866-1925) deja de lado el lenguaje discursivo habitual en la tradición occidental, para sugerir un mágico estilo repetitivo hecho a base de hipnóticas olas musicales que nos invita a la eternidad. Infinita y a la vez efímera, a menudo llena de humor, podríamos etiquetar esta nueva dimensión como «el tiempo reencontrado», o incluso nuestra charla como un viaje «de Montmartre al infinito».

Monográfico: «Quintetos para piano y cuerda»

Con un lenguaje apasionado y romántico propio de su tiempo, por fin recuperamos la obra de Louise Farrenc (1804-1875). Con mayor repercusión en su ya bastante difícil tiempo que en la posteridad, Farrenc no sólo logró estrenar y publicar su música, la cual fue elogiada por Schumann y Berlioz, sino que fue una de las primeras mujeres en obtener la cátedra de piano en el Conservatorio de París, eso sí con un sueldo inferior a sus compañeros que tardó años en ser equiparado. Pero no es tanto eso lo que hoy nos importa, a menos que deseemos seguir hurgando en la herida de la injusticia histórica, sino la calidad de sus dos Quintetos para piano y cuerda, los cuales podemos poner junto a referentes indiscutibles como el Quinteto por a piano y cuerda de Robert Schumann, o quizás aún más el Quinteto «la Trucha» de Schubert, con el que comparte idéntica plantilla.

El pájaro de fuego

El ballet, género ineludible para comprender los inicios de la música del Siglo XX, es en Stravinsky el principal vehículo que lo proyecta hacia la imparable carrera internacional que lo convertirá en el compositor más representativo de este período. Escrito en 1910, El pájaro de fuego es el primero de sus ballets y refleja a la perfección el ambiente onírico que emana este cuento mágico inspirado en viejas leyendas rusas.

Petrushka

La doble realidad de los títeres y los humanos –sin que sepamos muy bien donde se sitúa la frontera entre ambas–, nos lleva de la broma a la tragedia mientras la feria continua. Es así como este tercer ballet de Stravinsky supondrá un nuevo paso en su carrera hacia un lenguaje cada vez más personal que marcará la nueva música del siglo XX.

La consagración de la primavera

Evidentemente no es la única, pero si alguna obra marca el inicio irrefutable de la música del siglo XX, ésta es sin duda La consagración de la primavera. Y como tal vez ya sepamos, no fue un inicio precisamente fácil: aún que parezca mentira, el escándalo que provocó entre el público supuestamente culto y civilizado del París de 1913, ha pasado a la historia por la dantesca pelea colectiva generada durante una interpretación apenas audible entre tanto griterío. Afortunadamente, hoy este ballet está más que “consagrado”, y ya lo podemos disfrutar como un clásico. Aún así, no dejamos de percibir que nos seguimos encontrando ante una pieza impactante, tanto por sus disonancias como, sobre todo, por su tratamiento casi salvaje del ritmo. Y, ya que lo mismo podemos decir de las coreografías que genera, imaginémonos como pudo ser aquel estreno de hace ya más de 100 años…

Pulcinella

Entre los vínculos que unen las figuras de Ígor Stravinsky y Pablo Picasso (1881-1973), más allá de la casi total coincidencia de las fechas que enmarcan sus biografías, tenemos que destacar tanto la significación histórica de ambos, como la sucesión de etapas que encuadran sus trayectorias artísticas. En Stravinsky, algunas de estas etapas adoptan lenguajes de épocas anteriores y por eso se las conoce como “neoclásicas”. El ballet Pulcinella, estrenado en 1920 con decorados y vestuario de Picasso, y concebido además como homenaje a la Commedia dell’arte y al compositor Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736), supone el primer paso en esta dirección.

Años de peregrinaje

Una vida “romántica”. Ésta es la definición por excelencia del trayecto vital y artístico de Franz Liszt, hijo predilecto de su tiempo. Los Años de peregrinaje son tres grandes recopilaciones de obras para piano solo escritas a lo largo de los años 30 del siglo XIX, una época especialmente intensa en todos los aspectos de su biografía. Con piezas de formato y dimensiones muy variados, recogen visiones y reflexiones de un Liszt hipersensible a lugares y estímulos apasionadamente vividos en distintos viajes por Suiza e Italia. Cantos a la belleza de la naturaleza y relecturas musicales de otras artes, desde los grandes escritores de su tiempo y anteriores (Goethe y Byron, pero también Dante y Petrarca), a visiones personales de los grandes artistas plásticos del Renacimiento italiano.