Una de las funciones más tradicionales y prosaicas de la música, la de ser expresamente escrita para acompañar a gente comiendo, adquiere los siglos XVII y XVIII las características de un género asiduamente cultivado. Por eso, si tuviéramos que extrapolar el término literario «best-seller» al campo de la edición musical barroca, encontraríamos uno de los ejemplos más espectaculares en la Tafelmusik (Música de Mesa) de Telemann. Publicada en 1733 en tres largas partes, iba a dirigida a aficionados con suficientes medios económicos como para asumir el elevado precio de la partituras: ocho táleros imperiales, lo mismo que Johann Sebastian Bach podía recibir para pagar a toda su orquesta! Aún así, encontró a más de 200 suscriptores dispuestos a figurar en una ilustre lista que no sólo incluía a reyes, nobles y ricos comerciantes, sino también numerosos músicos como el propio George Frideric Handel. Éste no sólo la debió disfrutar, sino que también se «alimentó» metafóricamente de la Tafelmusik de su colega, ya que cita numerosos fragmentos en sus obras.
Quinteto con piano en Mi bemol mayor
En Schumann, podemos asociar el fenómeno del impulso creativo a la imagen de sucesivos «tsunamis» (el de la música para piano solo, el del Lied, el de la música de cámara y sinfónica…) a menudo ligados a eventos vitales de crucial importancia. Sin embargo, estas oleadas creativas son también fruto de un profundo estudio y lúcida reflexión sobre los distintos vehículos de expresión en los que debe encarnarse la música para hacerse audible, comprensible y emocionalmente impactante. Así, el Quinteto con piano en Mi bemol mayor, es el resultado final de la idea de componer cuartetos de cuerda que desde hacía tiempo le interesaba, pero había quedado en varios borradores. Una vez cerrado el conocido como «Año de Lied» de su boda con Clara, fue el estudio riguroso de los maestros vieneses del cuarteto (Haydn, Mozart y Beethoven), junto con la tremenda elevación emocional que supuso la nueva vida de pareja con la mejor pianista de su tiempo, lo que finalmente encendió la chispa de una obra y plantilla que ya desde su estreno se convirtió en referente romántico por excelencia.
«El mundo del cuarteto» (Haydn-Schubert-Shostakóvich)
Esencial para entender la música de cámara, una buena muestra de la importancia del Cuarteto a partir del período clásico es que al mencionar el término ya no es necesario especificar los instrumentos que lo integran (dos violines, viola i violoncelo), o ni siquiera decir que pertenecen a la familia de la cuerda. Con Haydn como «padre» de la estandarización de esta formación, seguiremos su presencia en el Romanticismo de la mano de Schubert, y en el siglo XX en el trabajo de un compositor tan influido por la política de su tiempo como fue Shostakóvich. Ambos lo cultivaron a lo largo de toda la vida con una implicación personal que hace única cada una de sus numerosas creaciones en este campo.
Sinfonía núm. 3, «Heroica»
Mítica y desconcertante ya desde su estreno, la Tercera de Beethoven refleja la ambivalente relación de la Europa de su tiempo respecto a Napoleón Bonaparte. Así, no sólo estamos ante una música maravillosa y perfectamente construida, sino también de un conciso tratado de historia en clave de pentagrama, visión siempre mucho más bella e inteligente que si entráramos en ella desde la propia política que tanto la influyó. Si en muchas obras y autores pueden aflorar contradicciones en función de la situación que está viviendo su país o las noticias que llegan desde otro, en pocas se vive con tanta intensidad como en la Heroica de Beethoven.
Sinfonía núm. 2
Tan sorprendentemente desconocida como su Cuarta, la Segunda de Beethoven nos muestra ya el camino de originalidad y altísima calidad que seguirá en las siguientes sinfonías. Fue compuesta en 1802, pocos meses antes de escribir el conocido como Testamento de Heiligenstadt, un desolador documento en el que asume finalmente la realidad irreversible de su sordera. Sin embargo, y contradiciendo la tragedia del devenir personal, en lugar de reflejar angustia lo que transmite es vitalidad y optimismo.
Sinfonía núm. 1
Quizás hoy no nos llama especialmente la atención, pero si ponemos en el contexto de su tiempo tan sólo la originalidad del acorde inicial de la obra, ya podemos intuir al revolucionario compositor en que su autor se convertirá. Estrenada justo en 1800, Beethoven dedicó su Primera sinfonía al barón Gottfried van Swieten, antiguo embajador de Austria en Londres y propiciador de la llegada de los oratorios de Handel a Viena de la mano de Haydn y Mozart, de quien también fue uno de los últimos amigos y protectores. Como una antorcha simbólica, nos ilumina el puente que va de la elegancia y equilibrio del estilo clásico, a la pasión y expresividad románticas.
Variaciones Golberg
Algunas piezas del repertorio clásico han alcanzado una aureola de prestigio y excelsitud que no siempre se traduce en el placer que debería comportar su audición, por lo que vale especialmente la pena redescubrir la genial obra maestra que son. Quizás uno de los casos más representativos serían las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach, un largo discurso pianístico con secciones de vértigo escrito originalmente para un clavicémbalo de dos teclados. Desconcertados por su duración y profundidad, a menudo sólo podemos captar su enorme valor cuando nos adentramos en su legendaria y fantasiosa génesis, sorprendentes antecedentes e impecable construcción. Así también entenderemos por qué todo pianista se desvive por tocarlas, y –sobre todo– podremos disfrutarlas con la absoluta plenitud que merecen.
Los Lieder de Robert y Clara Schumann
Como género especialmente cultivado en el Romanticismo, el Lied no es otra cosa que la canción en el terreno de la música germánica. Porque el formato musical más universal e intemporal que existe, adquiere en manos de los románticos alemanes (y especialmente gracias a Schubert) una dimensión que hace de la poesía y la música una unidad superior. Robert y Clara Schumann, de forma independiente e incluso trabajando en conjunto, abordan este legado con una dedicación y profundidad que lo conecta a las más altas esencias.
Bolero
El 22 de noviembre de 1928 se estrenaba en la Ópera de París una obra que iba hacer historia; y el primer sorprendido de su éxito fue el propio autor, el cual vaticinó equivocadamente que su Bolero jamás sería programado en las temporadas de conciertos. Por su concepción esencialmente moderna y su original trabajo de la forma, a base de un angustioso crescendo sobre una doble idea fija con una única variante al final, esta obra frívola y la vez intensamente pasional no no sólo se ha instalado sólidamente en las programaciones sinfónicas y en la memoria colectiva, sino que tanto el cine como la publicidad han exprimido de ella todo su jugo.
Monográfico «Bach y el piano»
El piano, hoy para nosotros un instrumento prácticamente perfecto, en el período barroco no era más que un artefacto torpe y pesado que en modo alguno podía competir con otros instrumentos de tecla como el clavicémbalo y mucho menos el órgano. Sin embargo, sí podía hacer algo tan elemental como tocar fuerte o suave, cosa que no podía hacer el clavicémbalo. De ahí surge el nombre de fortepiano o pianoforte. En la década de los 1730, Bach conoce al constructor Gottfried Silberman en la corte de Prusia, importante continuador de un proceso que había nacido con Bartolomeo Cristofori en Florencia a finales del siglo anterior, y que culmina en la época clásica con un «triunfo» que será ya verdadera apoteosis en el romanticismo. Por eso no se hicieron esperar las adaptaciones al piano de la música de Johann Sebastian Bach, en especial las originales para clavicémbalo. Sin tener que cambiar ni una nota, parecía que esperasen el nuevo instrumento… o al menos los pianistas poder interpretar en él su música.