Rafael Esteve

Un réquiem alemán

Desde hace siglos, el texto latín del réquiem, con toda su fuerza y carga simbólica, ha motivado a muchos autores a ponerle música. Esto implica un posicionamiento que puede ir más allá de la composición musical. El Réquiem alemán de Brahms constituye el ejemplo más emblemático, proponiéndonos una aproximación intimista y personal que ya parte de la propia selección de los textos.

Sinfonía núm. 2

Escrita durante el verano de 1877, un periodo de composición verdaderamente breve en comparación con los 21 años que tardó en completar la Primera sinfonía, la Segunda Brahms desprende una ligereza que también contrasta con la gravedad de la precedente. Sin embargo, «ligereza» o «gravedad», son términos con unas connotaciones emocionales que no siempre son aplicables a una música puramente abstracta como en general es la suya. Lo podemos percibir especialmente cuando en una carta a sus editores poco antes de su publicación, afirmaba que la obra era «tan melancólica que no la podréis soportar. Nunca he escrito nada tan triste, y la partitura debería salir en procesión fúnebre». Cómo se explica esto? De entrada precisamente porque es esta cualidad abstracta, propia de la mayor parte de la música instrumental, la que permite proyectar en ella casi cualquier sentimiento. Pero también es una prueba de la ironía y distanciamiento con que un autor a veces puede referirse a sus propias creaciones.

Sinfonía núm. 3

Con una referencia cinematográfica inolvidable a la película Goodbye again (conocida en Europa como Aimez-vous Brahms?), protagonizada en 1961 por Ingrid Bergman y Anthony Perkins, la Tercera sinfonía de Brahms contiene toda la poética abstracta y la sólida fundamentación estructural de un autor tan reservado en su vida personal como abierto a todas las interpretaciones en su obra creativa.

Sinfonía núm 4

Brahms nos lleva hacia la música llamada “pura”, en una época en la cual esta cuestión era objeto de un profundo debato estético. Transcendiéndolo, nos hallamos ante de una sinfonía de madurez repleta de detalles exquisitos. Entre ellos, un homenaje al maestro de todos los músicos: J. S. Bach.

Concierto para piano núm. 1

¿Lo podemos saber todo respecto a las implicaciones de la vida personal del autor en el proceso de creación de una obra? Evidentemente no. ¿Lo deberíamos saber? Tal vez tampoco… A pesar de ello, su conocimiento nos ayudará a comprenderla, y esta comprensión es, en parte, la vía de acceso que hemos elegido para nuestros cursos. Obra de juventud y al mismo tiempo de una madurez inexplicable, el Primer concierto para piano de Johannes Brahms nos muestra la enorme complejidad a que puede llegar este proceso.

Quinteto para clarinete y cuerda

Si contemplásemos todo el conjunto de la obra camerística de Brahms como si fuera una sola composición musical, el último movimiento no seria precisamente un final impetuoso y vehemente, sino un cálido e inspirado adiós de pasión ya en calma. Repleto de difusa luz otoñal, su Quinteto para clarinete es una buena muestra de la sabiduría de quien, asumiendo que hay anhelos inalcanzables, ha encontrado finalmente la paz y lo expresa con sencillez en la voz de un instrumento conmovedor.

Cuarteto con piano núm. 3

Brahms empezó a trabajar su Tercer cuarteto con piano en 1855, durante los angustiosos meses de la locura y muerte de Schumann, confuso también por sus propios sentimientos hacia Clara. Sin embargo, la obra no se finalizaría hasta 1875, un lapso de tiempo aproximadamente similar al que dedicó a su Primera sinfonía. Como él mismo comentó, el primer movimiento de la obra es una alusión al Werther de Goethe y su suicidio por amor, y es por eso que a veces este cuarteto recibe el título (no puesto por Brahms) de «Werther». Significativamente, sin embargo, Clara criticó el movimiento por su «falta de energía», sin saber que no era energía ni pasión lo que Brahms en él expresaba, sino en todo caso desesperanza. La vehemencia la dejó para el Scherzo, y la ternura para el Andante. El obsesivo Finale culmina en una conclusión ciertamente sombría, tan trágica e irrevocable como el mismo disparo de Werther…

War requiem

Escrito en 1961, el Réquiem de Britten –titulado con total precisión «War requiem» (Rèquiem de guerra)–, no sólo supone una auténtica relectura del género, sino que se ha erigido en el alegato más personal y contundente que nos da la música contra toda guerra. Una más que lúcida y trascendente reflexión sobre la guerra, extrapolable, más allá de lo absurdo de todo conflicto bélico, a cualquier otro proceso de devastación personal y colectiva.

Sueño de una noche de verano

A lo largo de la historia, Shakespeare ha sido transformado en sonidos por numerosos compositores. Desde el siglo XX, Britten nos reexplica este cuento de finales del XVI, pero de resonancias eternas, en el cual los mundos concéntricos de la magia y la “realidad” se fusionan por una noche.

Concierto para piano en la menor

Lo estrenó en Leipzig con 16 años. Sin embargo, aunque revisado y publicado al año siguiente, lo había empezado tres años antes, es decir a los 13! Quizás no es de extrañar en quien fuera una niña prodigio que debutó como concertista a los 9… Sea como sea, éste fue el inicio de una extraordinaria carrera internacional como intérprete que culminó con su última actuación a los 71. Admirada por sus contemporáneos y estrechamente vinculada a la vida de otros compositores, también hay que defender su importancia en la actualidad. Porque esta obra no es tan sólo una muestra de la labor como compositora de una jovencísima Clara Schumann, sino que reaborda de manera novedosa un género que será en crucial en su tiempo.