Rafael Esteve

Die schöne Müllerin (La bella molinera)

La bella molinera resume, sin duda, todo el espíritu del primer Romanticismo, a la vez que, como metáfora sobre el amor, transciende todos los tiempos. Una voz  (¿la del propio Schubert?, ¿la del solista que la interpreta? … ¿Tal vez la de la inocencia perdida?)  dialogando con el río, que responde desde el teclado. Un inicio y final de trayecto que sólo un otro ciclo, Viaje de invierno, podía, de alguna manera, reemprender. Un retorno a la cuna de las aguas primigenias.

Die Winterreise (El viaje de invierno)

Un viaje desde la desolación, por la desolación y hacia la desolación. Así podríamos definir, si es que es posible o necesario hacerlo, el ciclo de canciones de Schubert sobre poemas de Wilhelm Müller, escrito durante el último año de su vida. Un viaje que realizamos todos: tanto el “protagonista” como sus autores (poeta y compositor), intérpretes (pianista y cantante) y cada uno de los que lo escuchan. Un viaje hacia un final que también se puede leer como el inicio de un nuevo viaje. Austeridad, sinceridad absoluta, desnudez del alma. Si de alguna obra musical se puede decir que “ninguna nota es superflua”, es de ésta.

Ma mère l’oye

Las hermosas páginas de esta deliciosa “mamá oca” nos muestran una de las facetas más entrañables de su autor: la recreación idealizada del mundo fantástico infantil. Original para piano a cuatro manos, consiste en una serie de miniaturas inspiradas en algunos cuentos de hadas bien conocidos, como Pulgarcito, y otros que hoy lo son menos, pero que mantienen su intensa magia de la mano de la impecable evocación raveliana. Si bien la compuso entre 1908 y 1910 para dos pequeños pianistas de 6 y 7 años, la obra fue profundamente revisada y orquestada para terminar convertida en ballet en 1812. A modo de programa podríamos decir que la primera pieza nos evoca el dulce letargo de la Bella Durmiente, cuyos sueños son los distintos movimientos que vienen a continuación.

Monográfico: “Conciertos para piano”

Siempre se mantuvo fiel a un estilo personal anclado en la tradición romántica que en su tiempo le supuso un gran prestigio. Sin embargo, el hecho de haber coincidido al final de su larga vida con una generación al lado de la cual su música ya quedaba desfasada, ha eclipsado posteriormente su figura. Con una enorme producción iniciada en la infancia, sus cinco conciertos para piano, escritos a lo largo de la segunda mitad del XIX, son hoy recuperados y reivindicados como obras no sólo “brillantes”, sino dignas de ser escuchadas con total concentración.

El barbero de Sevilla

Si pronunciar el nombre de Rossini equivale a decir Bel canto, o sea, la voz llevada al límite tanto respecto al virtuosismo técnico como a la belleza musical; decir “El barbero de Sevilla de Rossini” es sinónimo de ópera buffa, o comicidad en estado puro. Ambos factores, Bel canto y ópera buffa confluyen en esta divertida trama basada en la obra teatral homónima de Beaumarchais (1732-1799), ambientada en una Sevilla que empezaba a ser vista desde Francia, Italia y el resto de Europa como ciudad de especial potencial escénico.

Brockes-Passion.

Poco se podía imaginar el poeta aficionado Barthold Heinrich Brockes (1680–1747), ilustrísimo senador de la ciudad de Hamburgo, que su libreto sobre la Pasión titulado Der für die Sünden der Welt gemarterte und sterbende Jesus, escrito y publicado en 1712, acabaría siendo musicalizado por numerosos compositores. Y tal vez menos aún, que él mismo pasaría a la posteridad gracias a algunos de ellos. Por el dramatismo y la viveza de las imágenes que sugiere, Georg Philip Telemann es uno de estos grandes músicos que lo consideraron un texto suficientemente válido como para dedicarle su esfuerzo compositivo. También lo fueron Handel y J. S. Bach.

Concierto para piano núm. 1

Aunque parezca mentira, uno de los conciertos más queridos y populares del repertorio fue recibido de forma totalmente hostil por el pequeño comité de expertos que le escuchó por primera vez! Averiguaremos las causas de tan surrealista situación, poniendo en valor las inmensas cualidades de una obra que quizás les desconcertó en su momento por su originalidad. Sin embargo, cabe decir que con el tiempo ellos mismos la supieron apreciar y defender como nadie. Ese «conflicto» inicial podría ser la metáfora inherente al propio el género musical que representa. Porque el concierto, vehículo idóneo para el puro lucimiento virtuosístico, lo es también para el contraste y la expresión de una dialéctica entre individuo y colectividad que un verdadero creador como Chaikovski sabe llevar por caminos de enriquecimiento mutuo.

Souvenir de Florencia

Obra llena de luz y energía de un autor abrumado por la melancolía. Estrenada pocos meses antes de morir, nunca diríamos que ese maravilloso sexteto, el cual según él mismo decía «escribí con el mayor entusiasmo y el menor esfuerzo», hubiera podido florecer en la época más oscura de su vida. ¡Bendita sea la ciudad que le iluminó con su recuerdo!

Concierto para violín

De manera similar a lo que sucedió con su popular Concierto para piano núm. 1, el primer violinista a quien Tchaikovsky ofreció el estreno de la obra, la rechazó argumentando que era imposible de interpretar. Y también, de la misma manera que pasó con la pieza pianística, aquel mismo solista más tarde se convenció de su valor y fue uno de sus principales defensores. Si a eso le sumamos la celeridad de la composición y las críticas no especialmente favorables que suscitó un poco ensayado estreno, parece que tenemos todos los ingredientes para que aquello que poseía todos los números para ser considerado un desastre violinístico acabara siendo una obra fundamental del repertorio romántico.

Cascanueces

Cascanueces (y a menudo su autor) sufre aún descalificaciones y simplificaciones que, sin embargo, no han conseguido rebajar su aceptación popular. Averiguaremos  –y demostraremos– dónde se hallan las cualidades de esta obra, viajando con la protagonista por una maravillosa metáfora musical y coreográfica del fin de la infancia.