Serguei Rakhmaninov compuso su Primer concierto para piano el 1892. Tenia pues 19 años y un montón de cosas tenían que suceder aún en su vida y su país. En un proceso y un momento altamente reveladores, revisó completamente la obra en 1917, cuando el público ya aplaudía sus Segundo y Tercer conciertos, y la revolución rusa volteaba la historia del siglo XX. Así pues, con una génesis de amplitud más que remarcable, esta obra nos revela como pocas el salto estilístico y vital de la juventud a la madurez.
Concierto para piano núm. 2
Desde el registro más grave del piano resuenan lúgubres tonos de campanas ortodoxas y va emergiendo un canto elegíaco que apenas se atreve mirar la luz… Pero con el avance de los primeros compases despliega sus alas una música gestada en la oscuridad y el silencio, y las campanas devienen toques de vida. Escrito en 1900 y dedicado a su médico, Nikolai Dahl (1860-1939), el cual le liberó por medio de la hipnosis de la esclavitud de la depresión, el Segundo concierto para piano de Rachmaninov supone para el autor el retorno a una plenitud creadora que ya no le abandonará en su larga y fructífera carrera.
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Concierto para piano núm. 3
Escrito en 1909, el Tercer concierto de Rachmaninov se considera una de las obras más difíciles del repertorio concertístico para piano. Temido por sus dificultades técnicas, cuesta imaginar al propio autor ensayándolo sobre un teclado silencioso durante su viaje de Rusia a los Estados Unidos donde se tenía que estrenar.
Concierto para piano núm. 4
Escrito en los Estados Unidos, ya en pleno Siglo XX y en una época en que Rachmaninoff se dedica más a la interpretación y grabación como gran virtuoso del piano que a la composición propiamente dicha, este concierto, igual que el Primero, nunca ha gozado del éxito de los dos centrales, los “hiperfamosos” Segundo y Tercero. Tratándose de un autor que nunca se alejó de los cánones estéticos del Romanticismo a pesar de vivir hasta el año 1943, nos llama la atención con un lenguaje atrevidamente “americano” propio del siglo XX, e incluso con alguna que otra incursión en las armonías jazzísticas. Sin embargo, al no llegar a disfrutar del afecto que el publico sentía por los dos anteriores (y también igual que el Primero), lo sometió a una profunda revisión posterior, lo cual hace que de ambos tengamos dos versiones lo suficientemente diferenciadas como para que casi poder hablar, más que de los “4 conciertos”, de los “6 conciertos” para piano de Rachmaninoff.
Zoroastro
El místico (y mítico) Zoroastro, también conocido como Zarathustra, fue el fundador del llamado zoroastrismo, o mazdeísmo, la religión de la antigua Persia antes de la llegada del islam, aún practicada hoy a pesar de ser minoritaria. El misterio de su origen, así como la influencia de su pensamiento en las religiones monoteístas posteriores, lo hace aparecer en varios campos de las artes, desde la pintura a la poesía y la música, o incluso la filosofía. Musicalmente, este Zoroastro del Barroco francés tardío, protagonista de la veladamente esotérica ópera de Rameau, no es otro que el Sarastro de La flauta mágica de Mozart, uno de los últimos destellos del pensamiento iluminista del Clasicismo, y el inspirador del Así habló Zarathustra de Richard Strauss, representante del último Romanticismo. Es curiosa y tal vez significativa la reaparición del personaje en grandes obras de grandes autores, al final de los también grandes periodos artísticos.
Scheherezade
Una historia cada noche hasta a salvar la vida en la última alborada… En forma de suite sinfónica, Rimsky-Korsakov recoge la voz de Scheherezade, para transportarnos al mundo de exotismo, magia y aventuras del más universal entre los libros de relatos: Las mil y una noches.
Monográfico: “los ciclos de Lieder”
Si hay un formato musical común a todas las épocas y contextos sociales, desde la música tradicional de cualquier cultura, al pop de más rabiosa actualidad, éste es el de la canción. Como género clásico especialmente cultivado durante el Romanticismo, el Lied (en plurarl, Lieder) no es otra cosa que la “canción” en el terreno de la música germánica. Así pues, Schumann recoge un legado que hace de la poesía y la música aquella unidad superior que ya los antiguos atribuían a las más altas esencias.
Concierto para piano en la menor
Toda una declaración de principios, el Concierto para piano de Robert Schumann representa algo más que una obra fundamental en el repertorio pianístico de todas las épocas. Más allá también de su belleza y perfección estructural, implica una toma de posición ante el virtuosismo brillante pero vacío que en el siglo XIX se instauraba en los escenarios de la vieja Europa. Podríamos añadir que este debate (por otro lado, permanente en el ámbito de la creación musical), se hace más intenso en el terreno del concierto para solista. Porque, qué debe ser un concierto? ¿Un espacio de exhibición técnica para un intérprete, o un campo de trabajo idóneo para expresar la dialéctica entre individualidad y colectividad que en el periodo romántico se agudiza especialmente? En 1845, Schumann nos responde decantándose de manera inequívoca por la segunda opción.
Quinteto en La Mayor, “La trucha”
Escrita para una formación no demasiado habitual (piano, violín, viola, violonchelo y contrabajo), podemos calificar esta obra directamente de “deliciosa”. Por esta razón no sólo es una de las preferidas de muchos públicos sino también de todos los intérpretes de estos instrumentos, y a menudo ha convocado grupos de magníficos solistas que nos han quejado grabaciones históricas. Su título proviene del Lied “La trucha”, del mismo Schubert, sobre el cual realiza unas magníficas variaciones en el cuarto movimiento.
Quinteto de cuerda con dos violoncelos
Publicado póstumamente, casi nada se sabe sobre la génesis y razones para la composición de un quinteto que podríamos calificar de belleza en estado puro. Ni siquiera sabemos del cierto si llegó a ser interpretado en vida de su autor. Sólo tenemos la seguridad de que fue escrito en los últimos meses de Schubert, el cual en una carta nos dice que “se ha ensayado”. Concebido para la original formación de cuarteto de cuerda con doble violoncelo, este refuerzo del registro más grave acentúa la profundidad de una obra que concentra todo el potencial de abstracción y intimismo de la música de cámara.