El joven Sigfrido recupera, sin ser demasiado consciente de su significado, el anillo procedente del oro original y todas las riquezas que éste ha generado. Un gran tesoro acumulado y nunca gozado por aquellos que lo poseyeron queda abandonado en la “Cueva de la Envidia”. Pero el auténtico tesoro lo halla al despertar a Brunilda, la cual, habiendo perdido la condición de divinidad, abre los ojos como mujer en un mundo que no entenderá.
El crepúsculo de los dioses
Después de mil meandros argumentales y decenas de personajes, cada uno de los cuales es una pieza ineludible del proceso iniciado en El oro del Rin, llegamos al final de una saga donde todo el esplendor de los antiguos dioses se ha ido apagando para dar lugar a un nuevo ciclo de vida. Brunilda ha comprendido todo aquello que no entendía. El oro es devuelto a su lugar, pero ya nada seguirá igual.
El anillo del Nibelungo (en 2 sesiones-I)
Para entrar en esta otra dimensión temporal que representa el “tiempo wagneriano”, nos tenemos que olvidar de toda prisa. En las varias sesiones dedicadas a la Tetralogía El anillo del Nibelungo, encontraremos las claves comprender y disfrutar de una inmensidad que, paradójicamente, parte de diminutos motivos musicales. Además de explicar su estructura musical y literaria, así como su contexto histórico, también situaremos esta obra magna en el marco de una sorprendente mitología nórdica que el autor reconstruye a partir de los fragmentos transcritos de una tradición oral casi perdida.
El anillo del Nibelungo (en 2 sesiones-II)
Para entrar en esta otra dimensión temporal que representa el “tiempo wagneriano”, nos tenemos que olvidar de toda prisa. En las varias sesiones dedicadas a la Tetralogía El anillo del Nibelungo, encontraremos las claves comprender y disfrutar de una inmensidad que, paradójicamente, parte de diminutos motivos musicales. Además de explicar su estructura musical y literaria, así como su contexto histórico, también situaremos esta obra magna en el marco de una sorprendente mitología nórdica que el autor reconstruye a partir de los fragmentos transcritos de una tradición oral casi perdida.
El anillo del Nibelungo-3 sesiones (1: El oro del Rin)
Prólogo del anillo del Nibelungo: La piedra de oro que garantiza el equilibrio cósmico desde el fondo del río Rin es robada para convertirse en un anillo de poder absoluto. Al mismo tiempo, los dioses, cegados de megalomanía, se hacen construir una fortaleza con pretensiones de eternidad. Así se inicia una historia de consecuencias insospechadas, presente en tantas otras muestras artísticas desde la Edad Media hasta las más recientes variantes cinematográficas.
El anillo del nibelungo-3 sesiones (2: La Walkiria-Sigfrid)
Primera y Segunda jornadas de El anillo del Nibelungo: Empiezan a aparecer seres humanos en el relato wagneriano: una pareja de gemelos engendra un héroe, Sigfrido, cuya muerte devolverá el oro a las aguas primigenias. En otro plano, Brunilda, una de las walkirias, queda dormida sobre una roca rodeada de fuego … Si bien Sigfrid, recuperará –sin saber su significado– el anillo procedente del oro original y todas las riquezas que éste ha generado, el auténtico tesoro lo encuentra en Brunilda, quien, habiendo perdido la condición de divinidad, despierta como mujer enamorada en un mundo que no entenderá.
El anillo del Nibelungo-3 sesiones (3: El crepúsculo de los dioses)
Tercera jornada de El Anillo del Nibelungo: Después de mil meandros argumentales y decenas de personajes, cada uno de los cuales es una pieza ineludible del proceso iniciado en El oro del Rin, llegamos al final de una saga donde todo el esplendor de los antiguos dioses se ha ido apagando para dar lugar a un nuevo ciclo de vida. Brunilda ha comprendido todo aquello que no entendía. El oro es devuelto a su lugar, pero ya nada seguirá igual.
Monográfico: «Wagner y el mito del Grial»
¿Qué es el Grial? ¿Una piedra? ¿Un plato? ¿Una copa? ¿El cáliz de la Última Cena, que también recogió la sangre de Jesucristo en la Cruz? Si bien esta última opción es la que se ha impuesto en el imaginario colectivo desde la Edad Media, la cuestión incluye todas las anteriores y muchas más en forma de preguntas todavía (y quizás eternamente) abiertas. ¿A quién sirve? ¿Sigue custodiado por quiméricos caballeros en algún lugar desconocido de Europa, donde llegó desde Oriente Medio? ¿Es la metáfora del deseo legítimo de una merecida abundancia material y/o espiritual? ¿O quizás es sólo una pregunta (y hay tantas) sin respuesta, y que sin embargo hay que saber plantear? Empezando por la literatura, el arte ha abordado infinitas veces este símbolo, para llegar a menudo a la conclusión de que es justamente su búsqueda uno de los caminos hacia la autorrealización. Wagner no sólo lo trata en Lohengrin (1850) y Parsifal (1882), su última obra, sino que aflora como inquietud latente en otras creaciones.
Sinfonía núm. 8
Verdadero cuerno de la abundancia de la invención melódica —y mucho menos famosa que la celebradísima Novena (la “del nuevo mundo”)—, la Octava sinfonía de Dvorák pertenece a este tipo de repertorio que deja una huella imborrable en la sensibilidad de quien se adentra en ella. Como muestra de la plenitud creadora y del prestigio internacional que había conseguido su autor, Dvorák la escribió en 1889 poco antes de recibir los doctorados Honoris Causa de las Universidades de Praga y Cambridge, y sin saber aún de las largas estancias que pasaría en los Estados Unidos como director del nuevo Conservatorio Nacional recién creado en Nueva York.
Sinfonía núm. 9, “del nuevo mundo”
Estamos sin duda no sólo ante la obra más conocida de su autor, sino de una de las más populares del repertorio romántico y de todos los tiempos. Escrita y estrenada a lo largo del año 1893 en Nueva York, esta sinfonía es uno de los frutos de la fértil estancia de su autor en los Estados Unidos de América (el “nuevo mundo”), donde fue el primer director del recientemente fundado Conservatorio Nacional de Música.