De larga y complicada génesis, la Primera sinfonía de Mahler representa todo un retrato evolutivo de un joven compositor que tiene que compaginar su tarea con la de director de orquesta, oficio con el que realmente fue conocido en su tiempo. Los altibajos de este proceso también reflejan algunas de las inquietudes estéticas del Romanticismo tardío, como son la vinculación de la obra a un “programa” u otros elementos extramusicales. Así, entre 1888 y 1999, prácticamente en la frontera del Siglo XX, la obra pasa por varios formatos y transformaciones que la llevan del poema sinfónico a la sinfonía programática en cinco movimientos y con un título que finalmente acabaría desapareciendo. Sin embargo, todos estos elementos que configuran su génesis permanecen de algún modo presentes, y la prueba es que, a pesar de ser finalmente descartado por el autor, el nombre de “Titán” aún hay quien lo conserva como identificador de la obra.
Sinfonía núm. 2, “Resurrección”
Con las alas que he ganado, alzaré el vuelo… Las palabras del propio compositor culminan una obra que toca todos los extremos de la sensibilidad humana: de la sensualidad a la trascendencia, del silencio al estallido de energía sonora, del lápiz fino al trazo voluminoso. Así culmina también el Romanticismo musical y se inicia una aventura que llevará la música y el arte hacia caminos insospechados.
Sinfonía num. 4
Las fechas en que fue escrita la Sinfonía num. 4, entre los veranos de 1899 y 1901, resumen la encrucijada en el tiempo que vivió Gustav Mahler: el paso del siglo XIX al XX. Si bien mantiene el formato “clasico” del género en cuatro movimientos instrumentales, en el último introduce la voz humana, continuando así la línea de sus dos sinfonías anteriores con el claro referente de la 9a. de Beethoven en mente. A pesar de ello, la grandiosidad de ésta y la monumentalidad cósmica de sus 2a. y 3a., contrastan con la aparente inocencia del final de la 4a: una canción para soprano y orquesta, que nos presenta una peculiar visión del paraíso.
Sinfonía num. 5
Iniciada poco después de un grave episodio médico, recordando el cual él mismo afirmó que «volver a la vida le parecía casi una molestia», la Quinta sinfonía marca un punto de inflexión tanto en la vida personal como profesional y creativa de Gustav Mahler. Sólo por ello ya nos podemos referir al período de composición de la obra como el de un reinicio, acentuado por el hecho de producirse en los primeros años del siglo XX, cuando el ya entonces prestigioso director de orquesta alcanzaba una de las plazas más codiciadas del momento: la dirección de la Ópera de Viena. Sumémosle el conocimiento y casi inmediata boda con Alma Schindler, para quien, sin hacerlo público, escribe el cuarto movimiento, el famosísimo «Adagietto». Así pues, sin las palabras ni explicaciones habituales en sus sinfonías anteriores, nos encontramos ante un auténtico salto vital que nos conduce del toque de marcha fúnebre típicamente romántico que inicia la obra, al estallido de luz y energía que la culmina.
La canción de la Tierra
El Lied, consolidado como género al alba del Romanticismo, alcanza con Mahler una dimensión sinfónica al fin de este mismo período. El camino de “vuelta a casa” que nos evoca el impresionante Adiós con que concluye la obra, es todo un símbolo de este final.
Monografico: “los ciclos de Lieder”
Tanto en sus cinco ciclos de Lieder como en las significativas incorporaciones de la voz solista en sus sinfonías, Malher aporta al género una nueva dimensión orquestal. Gracias al sonido privilegiado de su personalísimo lenguaje, el Lied adquiere en sus manos una amplitud que va de la máxima intensidad musical y emocional, a tonos camerísticos conectados de lleno con la esencia intimista y altamente poética que lo definen como una de las formas de expresión más representativas del Romanticismo.
Sueño de una noche de verano
Curioso pero cierto: la partitura puramente “incidental” para una obra capital de la literatura universal, ha dado lugar al fragmento más explotado de toda la historia de la música : la conocida y omnipresente Marcha nupcial. Pero más allá de la curiosidad y las coincidencias divertidas, es de la mano de Mendelssohn que toda la magia del texto shakespeariano, ya de por sí repleto de indicaciones y sugerencias musicales, sale a la luz con una frescura etérea bien propia de las hadas que lo protagonizan.
Concierto para violín
Escrito cuando ya su autor goza de un merecido prestigio internacional, no debemos olvidar que esta obra de madurez, aparentemente el único concierto para violín de toda su producción, es en realidad el segundo si tenemos en cuenta el gran número de obras de niñez que no vieron la luz sino póstumamente. Un interesante «Primer» concierto para violín escrito a los trece años estaría pues en las raíz de esta obra fundamental del repertorio romántico, capaz de extraer toda la magia y energía que este instrumento puede guardar en su interior.
Sinfonía num. 5, “Reforma”
De familia judía, pero bautizado como luterano y con una educación universalista, Félix Mendelssohn mantuvo importantes lazos espirituales con ambas creencias. Fue, en definitiva, un humanista orgulloso de su herencia cultural y religiosa, a la vez que un convencido protestante que manifestó su fe en numerosas composiciones. La Sinfonía “Reforma” refleja a la perfección esta actitud. Escrita en 1832 para la celebración del tercer centenario de las tesis luteranas, estamos ante una obra de juventud que si embargo (a parte de un primer estreno bastante accidentado) no llegó a consolidarse- en el repertorio hasta después de la muerte de su autor.
L’Orfeo
El mito de Orfeo aparece de manera recurrente en numerosas piezas musicales a lo largo de la historia, probablemente porque toca algunas fibras fundamentales tanto de la música como del alma humana. De la mano de Monteverdi, a la alborada del Barroco, este mito consolida su entrada en una obra crucial para comprender el nacimiento de un género entonces absolutamente novedoso y vanguardista: la ópera.